Sidarta estaba sentado sobre un poste de luz. El estaba llorando, por que sentía que nada perduraba a su compañía y una soledad explotaba en su interior.
De lo mas oscuro de aquella noche, noche de lluvia intensa. Un ángel verde se le apareció, brillaba de una forma que los ojos de Sidarta brillo alguno habían presenciado. El ángel optó por ofrecerle la mano al insuficiente humano y lo llevó a volar por la ciudad junto a él.
Sidarta sentía temor, pero a la vez una grata sensación inundaba sus sentidos, jamas Sidarta había estado feliz por cuenta propia.
Sin previo aviso, en su travesía el ángel desapareció dejando caer a Sidarta en un colorido e interminable abismo de luces parpadeantes. Sidarta sentía una mezcla de frío, satisfacción y angustia enternecedora. Caía y lo hacia cada vez con mas velocidad y los colores giraban en torno a el las luces y tonos opacos cambiaban y se oscurecían para luego volver con mas fuerza. De pronto a Sidarta ya nada le parecía divertido, incluso le estorbaba y entró en un estado inmobil de meditación, sus parpados se movían rápidamente. Y su corazón ya se salía de órbita. Su mente en cambio no respondía, no respondía a el exterior. Pero desde muy dentro de su ser, las luces no eran iguales y los sonidos que lo envolvían se escuchaban vagamente y a nada respondía su cuerpo entumecido... todo parecía muerto para Sidarta. El se había enterado quien realmente era, y de una forma extraña lo que pensaban los demás de el y de ese abismo nunca mas quiso salir.
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| El caía y caía y pronto se dio cuenta |

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